Me encanta que hoy a mis 27, al estar viendo una caricatura, de pronto aparezca mi parte infantil y por unos segundos vuelva a sentirme pleno, tal como me encontraba en los primeros años de mi vida, en ese instante en el que todos los seres humanos son totalmente felices.En esa época nos presentamos ante la sociedad de una forma transparente, sin máscaras, sin mentiras. Recuerdo que ningún pensamiento negativo atormentaba mi cabeza. Ni siquiera la escuela representaba un problema.
Desde luego, hay algunos pequeñines que desde ese diminuto tramo de la existencia, tristemente ya se comportan como los grandes, obrando con malicia, picardía y prejuicios. A esta clase de personajes yo les digo "adultos chiquitos".Sin embargo, hay ocasiones, en que estos diablillos se descuidan y surge la esencia de este bello período en sus actos, la ingenuidad. Algo que los mayores se reprimen y ocultan, pues creen que los muestra completamente indefensos, pero si lo pensamos bien, conducirse con inocencia y sinceridad no puede guiarnos a otro estado de ánimo que no sea a la felicidad.
Dirigiendonos así, no dañaremos a nadie con nuestras palabras, conviviremos sin tomarnos nada personal, y no haremos suposiciones. Por eso yo la considero una virtud, la cual procuro llevar en mis bolsillos para sacarla cuando quiero disfrutar de la dicha, la alegría que gozaba cuando era un enano al que todo le sorprendía y fascinaba.